¿Hasta dónde podemos llegar “por amor al arte”?

Foto: Patrick Marloné / Flickr
A menudo, los artistas y trabajadores del sector cultural hacen grandes sacrificios personales en nombre del arte. ¿Pero por qué debemos aceptar pésimas condiciones laborales para el beneficio de otros? ¿Sólo porque se supone que nos gusta lo que hacemos?, se pregunta la bailarina Marisa Cabal.
Cualquier joven que decide empezar estudios artísticos o implicarse en una actividad creativa sabe que no es la profesión más rentable. En general no es una opción que se elige desde una óptica económica.

Hay una multitud de razones por las que elegir una vocación artística: el desarrollo personal, el deseo de utilizar un medio artístico en concreto, la fascinación por un artista o por una obra, la satisfacción de trabajar en algo que guste realmente, la ambición de crear un mundo, un lenguaje estético, la canalización de un cuestionamiento político o una crítica social mediante otros medios, etc. Pero estos motivos a menudo entran en conflicto con la realidad del mercado del arte, dominado por una ideología capitalista neoliberal.
En Europa, los sectores culturales y creativos en su sentido más amplio emplean a 7,1 millones de personas – 2,5 veces más que la industria del automóvil y por encima del sector metalúrgico o el químico. Estos producen 536.000 millones de euros, es decir, un 4,2% del PIB europeo, según el informe de la empresa consultora E&Y.
Durante el período más agudo de la crisis, entre 2008 y 2012, el número de empleos en la industria cultural aparentemente aumentó en un 0,7%. Pero, este crecimiento va de la par con una gran vulnerabilidad y precariedad económica de sus profesionales. Además de ser uno de los primeros sectores en sufrir recortes y medidas de austeridad, algo que a menudo no se refleja en las estadísticas.
Hoy día, tras la retórica que envuelve a la "nueva economía creativa" se esconden condiciones de extrema precariedad laboral. A los artistas y trabajadores culturales incluso se les llama "precursores de la nueva clase creativa", aunque lo cierto es que su situación laboral es una realidad incómoda.
Los contratos a largo plazo son una excepción. Pero, la precariedad a la que se enfrentan va más allá de la inseguridad de un contrato temporal. En general, el horario de trabajo es extremadamente flexible y muchas veces la cantidad de trabajo supera a la cantidad de horas remuneradas. Incluso algunos llegan a pagar de su propio bolsillo para poder trabajar.
A esto hay que sumar otras desventajas como el bajo nivel de ingresos, sin vacaciones pagadas, sin pagas extra o bonificaciones, sin protección contra despidos improcedentes, las limitaciones respecto al seguro sanitario o la jubilación, con muy poca representación sindical, etc.
¿No tendríamos los artistas que empezar a tomar en serio nuestra condición de trabajadores?
En el sector artístico, como en cualquier otro sector, se pueden distinguir diferentes roles económicos. Uno es el de creador independiente – que trabaja por sí mismo o dentro de un colectivo. Otro es el del artista que trabaja para ayudar a realizar el proyecto artístico de otra persona. Un tercer rol es aquel que emplea a otros para crear su propia visión artística.
A menudo, los artistas cambian varias veces de rol durante su carrera, diariamente incluso. Pero la mayoría de nosotros pasa más tiempo en la categoría de trabajador, de un tipo u otro.
La categoría de empleador, que puede o no ser un artista, es la que generalmente tiene la “propiedad intelectual”, aunque en el mejor de los casos sólo haya creado una parte de la obra. Cuando trabajamos para un empleador en un proyecto artístico, en vez de trabajar para nosotros mismos, la relación es complicada. Esta relación es a la vez artística – entre “creador” e intérprete o asistente – y económica – entre empleado y empleador.
Sin embargo, culturalmente, la industria del arte nos incita a pretender que solamente existe la relación artística. La relación económica muchas veces se menosprecia o se considera secundaria a la artística. Está incluso mal visto escoger un trabajo artístico sólo por necesidades económicas. Este prejuicio social hace que cualquier conflicto respecto al salario o a las condiciones de trabajo sea mucho más difícil de abordar y de solucionar. Así, "por amor al arte", se llegan a aceptar condiciones laborales realmente desastrosas. Al final, la precariedad de muchos resulta en el beneficio de unos pocos.
Por supuesto, el arte no debería estar condicionado como lo está hoy día a una lógica de mercado. Su existencia no debería ser justificada por la rentabilidad comercial. Todo el mundo debería tener libre acceso para disfrutar y crear arte, de la misma forma que todos deberíamos tener acceso a la sanidad y la educación. Pero la lógica sofocante del capitalismo nunca lo permitirá totalmente.
Aunque se lo pidamos educadamente a la clase dirigente capitalista, o a sus políticos y burócratas, nada cambiará. No les importan ni los hechos ni las cifras, no les interesa escuchar argumentos convincentes. La realidad es que la avalancha de recortes, privatizaciones y precariedad en la que vivimos tiene un objetivo muy claro: la explotación de muchos para asegurar la riqueza de unos pocos.
Los trabajadores del sector artístico y cultural tenemos mucho en común con los trabajadores del sector público que se enfrentan a recortes, con los trabajadores del sector privado cuyos jefes utilizan la crisis para atacar sus salarios y condiciones, con los trabajadores precarios por todas partes, con los desempleados – muchos de los cuales son artistas. Necesitamos un movimiento generalizado de aquellos que sufren las consecuencias de la austeridad, con la perspectiva de romper con la lógica del sistema capitalista. Los trabajadores necesitan tener la propiedad colectiva y el control democrático de lo que producen, para acabar con las contradicciones entre el capitalismo y el arte, y entre el capitalismo y la sociedad. Eso es lo que significa el socialismo. Cuantos más seamos, más fuertes seremos. Únete a nosotros.
Marisa Cabal es bailarina, de Barcelona, trabaja en Bruselas, y es miembro del Comité por una Internacional de los Trabajadores