14 DE ABRIL: POR UNA REPÚBLICA SOCIALISTA


Juan Bértiz, Socialismo Revolucionario Barcelona

Hay una historia oficial de la Transición Española que establece que la monarquía ejerció un papel fundamental, preponderante. Las luchas obreras o las movilizaciones por la democracia, por la justicia social, por las libertades individuales y colectivas, por la mejora de los barrios o por el derecho de autodeterminación apenas merecen una nota a pie de página: el que en España se consiguiera un sistema semejante al del resto de Europa Occidental fue, según el discurso oficial, obra de Juan Carlos I, instaurado en el trono por el Caudillo y no cuestionado a la hora de preparar el proyecto de Constitución. Se podía plantear cualquier cosa (cualquier cosa, es obvio, que no cuestionara el orden burgués), pero no se ponía en cuestión ni su figura ni la idoneidad de la monarquía en la estructura política del Estado.

Así ha sido desde el 75. Los dos grandes partidos – PP y PSOE - han aceptado con mayor o menos entusiasmo la Monarquía, y Juan Carlos I se ha entrevistado a lo largo de estos años con buena parte de los agentes sociales, incluidos los dirigentes de los dos grandes sindicatos, y fue sobre todo avalado al iniciarse la Transición por la dirección del Partido Comunista de España. Uno de los primeros actos públicos de Santiago Carrillo al regresar del exilio fue aparecer en rueda de prensa con la bandera rojigualda a su espalda y elogiando la figura de Juan Carlos, en consonancia con una variedad local de republicanos que afirmaban no ser monárquicos pero sí juancarlistas. Al discurso oficial de haber traído la democracia a España, «sin él no hubiera podido ser» o «todo hubiera sido diferente, peor», se sumó su campechanía, su cercanía, y por supuesto ser «el mejor embajador» del país.

Evidentemente, bajo el discurso oficial existía un movimiento republicano tanto en la derecha – más oculto o disimulado, menos organizado políticamente, salvo en su expresión más derechista, aunque marginal (por suerte) - como en la izquierda. El PCE postcarrillista retomó su identidad republicana, aunque la crisis del Partido casi dejó al republicanismo español sin uno de sus partidos principales. La defensa de la República como forma de Estado pasó a ser, por tanto, a partir de los años noventa, cosa de los minoritarios, de Izquierda Unida, de la izquierda extraparlamentaria, de pequeños partidos republicanos burgueses, como la Alianza Republicana o Izquierda Republicana. Entre el nacionalismo vasco, catalán o gallego la monarquía no despertaba tampoco pasiones, se reproducía en algunos casos el elogio juancarlista, pero ese desapego respondía más por ser la monarquía un símbolo de la unidad de España que por la forma de Estado por sí misma, aunque hubo quien defendió una deseable Unión Real, en la que algunas comunidades se independizasen de España con el Rey Juan Carlos como monarca.

No obstante, aun cuando el discurso oficial parecía inquebrantable, comenzó a surgir en el magma social una mayor conciencia republicana. Algunos lo comenzamos a notar con el cambio de milenio por la mayor presencia de banderas tricolores en las manifestaciones, pero también con la aparición de asociaciones, colectivos y grupos diversos que, al calor del movimiento de la memoria histórica y al amparo de organizaciones políticas y sociales, se extendieron a lo largo y ancho del territorio del Estado.

Sin embargo, a pesar de ese lento crecimiento del republicanismo, no se pudo colar el tema de la forma de Estado, Monarquía o República, en el debate político español, era un tema tabú, algo que mejor no tocar. Mientras, Juan Carlos I parecía afianzado viendo crecer a su familia real.

No se pudo plantear abiertamente, en efecto, hasta que de pronto descubrimos en plena crisis que esa misma Familia Real, tan fotografiada y modélica, con Juan Carlos I a la cabeza, siempre campechano y cercano a sus súbditos, quebraba el discurso oficial por algo en desgracia tan estructural y tan de nuestros días como verse involucrada en la corrupción (corrupción reinante, en un juego de palabras muy oportuno y muy facilón) que afecta directamente al yerno del Rey e incluso a la hija menor, Cristina, infanta y duquesa de Palma, que tendrá que ir a declarar como imputada a un juzgado de instrucción. Pero esto no es todo, aunque sí lo más grave: hemos visto también como tras proclamar su preocupación por el paro juvenil el mismo monarca se iba a cazar elefantes a África, mostrando una insensibilidad social absoluta, además de ecológica, y dejando buena nota de otra característica atribuida por el mencionado discurso oficial, su sencillez, y nos enteramos también de que el monarca heredó de su padre don Juan cuentas en Suiza, no sabemos si declaradas, además de poseer prósperos negocios aquí y acullá.

A pesar del espectáculo de estos meses de una monarquía en franca decadencia, nos hubiese gustado que el debate Monarquía o República se hubiera desarrollado en términos políticos. Aunque fuesen las personas más morales y afectuosas del mundo, seríamos republicanos por principios, por tener una concepción democrática de la política e igualitaria en la sociedad. Pero al parecer el debate se va a realizar en medio de la crispación por la crisis y las enormes corrupciones de eso que llaman clase política.

Evidentemente, somos republicanos, sí, abogamos por otra forma de Estado. Pero hemos de añadir que lo somos como consecuencia de ser defensores de otro modelo social. No hay que olvidar que Repúblicas son muchos de los Estados que en el mundo hay y que no son modelos sociales para nosotros. Luchamos, sí, por la República, pero para nosotros tan importante es el adjetivo que le colocamos: Socialista. La República, en nuestra opinión, es la consecuencia lógica de una transformación socialista de la sociedad. Abogamos por una sociedad sin clases, sin explotación, democrática e igualitaria, una sociedad de hombres y mujeres libres. Y por lógica la forma que habrá de adoptar será la republicana. Por eso estamos.